Detrás de cada persona hay una historia. Detrás de cada historia hay un sinfín de anécdotas que dan razón y responden los “por qué” de cada acción y reacción que acompañan nuestro día a día.

Hoy quiero contarles una parte de mi historia y con ella una que otra anécdota:

Todo empezó quizás cuando tenía seis o siete años. A esa edad me encontraba en primer año de primaria, si no me equivoco. Para ese entonces, según mi maestra, era muy buena para dos cosas en especial.

La primera era contar historias. Era una cuentista, según ella. Se me daba muy bien la redacción, el estructurar cuentos e inventar aventuras de cualquier tipo, claro, todo al nivel de una niña de seis años. Ahora tal vez para muchos que me conocen algunas cosas tenga más sentido, ya que según estos “nunca me callo” y siempre tengo algo que decir.

La segunda era la lógica y las matemáticas. Y es que sin ánimos de presunción, la verdad es que se me daban con bastante naturalidad. Creo que eso se debía a esa actitud que hasta hoy me acompaña que me hace ver todo con simpleza.

Tal vez sea una filosofía intrínseca, o un drive de fábrica, el cual me hace ver siempre todo tan “fácil”. Pues nada nunca me ha parecido lo suficientemente “difícil” como para no intentarlo.

Coloco ambos adjetivos entre comillas porque la verdad es que todo en este universo es relativo y varía según quien lo diga o lo experimente.

Y el no tenerle miedo a intentar dio como resultado que muchas cosas  me resultaran, valga la redundancia, como tantas otras que no, pero ¿a quién le resulta siempre todo? Y es que si existe alguien, ese alguien no soy yo.

Pues bien, una vez descubierta una de mis skills el resto fue coser y cantar.

O algo así…

Un recuerdo que tengo de aquella época trata de una mañana de sábado en la oficina de mi papá. Él,  siempre responsable y poco procrastinador, solía ir esos días a adelantar o culminar algún que otro pendiente. Y yo, mientras, lo acompañaba y jugaba a ayudarle.

Mi papá es ingeniero. Y casi puedo escucharme decir como aquel día, con aquella vocecita chillona de mi yo de seis o siete años: “yo voy a ser ingeniero como mi papá”.

Sí, la bebé de la foto soy yo, mi yo del pasado que jugaba a ser Ingeniera como papá, unos pocos años luego sucedió el click que desembocó en todo esto. Desde entonces esa idea siempre estuvo presente.

Claro, la adolescencia siempre trae consigo sus ideas propias de la época. En lo personal no sé decirles qué idea no decanté, pero supongo que en el fondo sabía que no tenía pa´donde coger.

Y no es que existiese alguna presión externa. Ya que cuento con la suerte de tener una familia increíble la cual me ha dejado tomar siempre mis propias decisiones.

Pero es que la verdad para el momento de aquella pequeña-gran decisión me seguían siendo naturales las matemáticas, y a ellas se le sumaron la física y la química. Y estudiar una carrera del área de humanidades… Mmm… No, no era lo mío.

En fin. Ingeniería. Como papá.

¿Pero ingeniería en qué?

No, no les voy a mentir. No crecí sabiendo lo que quería estudiar.

Yo solo quería aprender a hacer cosas geniales. Y sí, ese fue el requisito indispensable que debía cumplir la especialidad que decidiese estudiar. Y  enhorabuena por mí, no me equivoqué. ¡Estudié Ingeniería Electrónica!

En estos momentos pensar en ello me hace sentir increíble y me llena de emoción, pero estoy casi al final de la historia, se supone que así debe ser. ¿No?

La cosa es que desde el “querer aprender a hacer cosas geniales” al “sentirme increíble y realizada” mucho es lo que ha pasado.

Es que aunque al final del camino los percances del mismo tienden a verse minimizados, sumado a mi habilidad para ver el lado  positivo y menos complicado de las cosas, más de una crisis atravesada hizo estragos en mi camino para llegar a dónde me encuentro hoy en día: a un informe de terminar la universidad.

La primera crisis la viví a solo dos semanas haber empezado mi primer semestre. Recuerdo que era viernes por la noche. Estaba en mi piso de estudiante y llamé a mi papá. Aún recuerdo el susto que le ocasioné al contestarle llorando y su alivio al decirle que todo era porque el problema de matemáticas no me estaba dando el resultado de la guía.

Sonará exagerado, y todos tienen permiso de reírse un poco. Pero voy a ser compasiva con mi yo de aquel entonces. Era una yo recién sacada del nido, enfrentándome a todo ese mundo nuevo y que se mostraba tan amenazador. ¿Y por qué no? Con miedo.

Gracias a los dioses por mi papá ser siempre tan comprensivo.

En fin. Primera crisis superada. Primer semestre exitosamente culminado. Y según yo ya era una experta en sortear las olas de la marea universitaria. Pero lo divertido de la vida es que siempre está dispuesta a revolcarte y demostrarte que estás equivocado.

Segundo semestre. Primera materia reprobada. Segunda crisis. Sin entrar en muchos detalles, aquí aprendí que las skills no garantizan la victoria en la batalla y que siempre habrá curso intensivo de verano.

A partir de ahí perdí la cuenta. Sinceramente no se decir si es que fueron incontables o que simplemente hice de la piel cuero, como dicen por acá.

Pero si contamos los aprendizajes más arraigados que me quedaron de aquellos años y que creo que serían útiles para otros serían:

  1. No todos los que te rodean esperan tu crecimiento y avance académico, y eso también puede incluir a tus profesores.
  2. El que mucho abarca poco aprieta. Y es que atiborrar tu horario con la mayor cantidad de materias posibles no siempre es la mejor idea. Todo requiere su tiempo para ser aprendido y reafirmado.
  3. Los laboratorios son el mejor lugar para cultivar la perseverancia. No todo, del sujeto NADA, funciona a la primera.
  4. Pocas cosas poseen tanta importancia como el contar con un buen compañero o grupo de laboratorio. Nota: Recuerda que lo necesitas vivo. Por favor, tenle paciencia, él también es ser humano y está pasando por el algo muy parecido a lo que tú.
  5. Eso de que “no me fue bien en este tema, pero ya pasó, así que estudio para el próximo” no siempre funciona. Las asignaturas suelen ser un concatenado de conocimientos, por lo que que requieres lo previamente visto para avanzar.
  6. No te frustres al toparte con una rama que no vaya con tus intereses y habilidades. Lo divertido de la ingeniería es que hay para todos los gustos, pero es necesario conocer el árbol completo antes de hacer nido.
  7. Escoge a consciencia aquellas materias que llenarán tus unidades de crédito electivas. A veces por el afán de avanzar no tomamos en cuenta lo importante de esta decisión.
  8. Aunque se parezca, un cautín no es un lápiz. Por favor, no lo tomes como tal.
  9. No compares tu avance con el de otros. Este es un proceso personal.
  10. Todos los mitos y memes sobre la tesis son reales.
  11. Sin calma pero sin prisa. Disfruta de esta etapa. Cuando menos te des cuenta habrá terminado y no mienten cuando dicen que es una época única, que una vez culminada nada vuelve a ser igual.

Esta es parte de mi historia. Tal vez no es muy especial. Tal vez no sea ideal. Pero es mía. Y ella me hace la persona que soy y el profesional que seré mañana.

Con ella, más que darte razones genéricas de porque estudiar ingeniería (cosa que es muy cool, valga la propaganda) y darte consejos de como surfear las olas, te invito a que recuentes tu propia historia y encuentres ese click que te dio el primer empuje.

Me es frecuente el percibir la creencia de que al ser un área sumergida en números, rodeada de dispositivos y con una imagen cuadrada ante los ojos del mundo, las personas que en ella nos desenvolvemos no requerimos de inspiración, que somos robots.

Mantenerte inspirado te ayuda a no perder el enfoque, a disfrutar el proceso un “hola mundo” a la vez.

Ser conscientes de que el estrés se va después de la semana de exámenes, que la frustración se vence con una siesta y perseverancia y que la satisfacción de haberlo logrado, te durará toda la vida ayuda. Créeme que ayuda.

Reafírmate a ti mismo que sí puedes. Cultiva tus habilidades naturales. No te dejes llevar por el pesimismo de un mal resultado o una mala nota, esta no define tu nivel de conocimiento. Un mal día lo tiene cualquiera.

Recuerda que todo será tan fácil como tú quieras que sea. Haz de este camino una aventura.

¿Cuál fue tu requisito o requisitos a cumplir?

¿Estás aprovechando al máximo esta experiencia?

¿Estás agarrando bien el cautín? (Si, es en serio lo del cautín)

Haz cabeza y cuéntame ¿qué te inspiró a empezar tu camino a la ingeniería?